| Revista El Acople |
| Segunda fecha del festival. Esta vez no hay careteada; hay gente atormentada, oscura, de emociones fuertes, que está únicamente por Depeche Mode, por lo que las demás bandas están totalmente fuera de contexto. Pero ya que estamos las disfrutamos. Cinco de la tarde. Sol a morir y sale La Portuaria, la antitesis de lo que representa Depeche Mode. Eso sí, renovados, con vientos, violines y la vuelta de Cristian Basso al bajo. Los comandados por Diego Frenkel no moverán masas, pero siempre se agrupa una buena cantidad de gente que tal vez nunca los vio, pero conocen todas las canciones. Vamos, podrás ser el más oscuro del lugar pero en “10.000 Km”, “El bar de Calle Rodney” o “Selva” te vas a tentar a cantar o mover la patita. Mientras tanto, Bicicletas está en el escenario principal. Una buena banda con una propuesta diferente, y una de las grandes sensaciones periodísticas de los últimos años, aunque eso generalmente dé para sospechar. Esta vez subieron a escena en plan big band, acompañados por varios vientos que le daban un vuelo interesante a la psicodelia indie de siempre. Musicalmente parece una bomba a punto de estallar, pero que nunca sucede en realidad. Son buenos, pero son raros. En unos años serán la sensación de San Telmo y Palermo, si es que todavía no lo son. En la carpa electrónica toca la mejor banda de Argentina: Adicta (por lo menos hasta que vuelva Cienfuegos), tal vez, los únicos que compartían algo con la banda principal de la noche. Y eso se vio reflejado en la gente que colmó el viejo galpón e incluso desató los primeros saltos y cantos de la tarde. Lástima que el sonido del lugar no era el mas adecuado. Aunque si hablamos de salto y cantos, Spanish Bombs tuvo su lugar. Bueno, de entrada sonaba como algo medio “ladri”; un montón de latinos tocando temas de The Clash. Es como si hubiesen puesto a Dios salve a la reina o a The Beats, pero la propuesta fue muy bien recibida. También, la tenían medio fácil: calor, sol y temazos de los Clash en ritmo tropical. En un punto se te vienen a la mente las Kumbia Queers. Algún que otro levante de polvareda hubo al ritmo de “I Fought the Law” (con Amparo Sánchez), “Complete Control” (con Rubén Albarrán de Café Tacuba) y “Revolution rock” en versión Cadillac. Para el final, “London Calling” y todos contentos. Luego, luchando entre los sonidos provenientes del escenario electrónico y el principal, sale Tom Ze, el tropicalista que es una mezcla entre el Dr. Emmet Browny Tangalanga. Habla hasta por los codos, pero en portugués, obviamente. Nadie entiende nada. Además, la música es sutil como toda música tradicional brasilera. Por lo que conseguimos escuchar del show es una especie de Bossa nova techno con guitarrazos “vintage” proporcionados por Banda de Turistas, que están tocando en el escenario principal. En pocas palabras, un quilombo. Más si le sumamos los gritos de Fernando Ruiz Díaz al frente de Catupecu, que tocó de sorpresa también en el escenario principal. Sin dudas que Catupecu hubiese sido la mejor opción para telonear de los ingleses en vez de un DJ que, bueno, dejémoslo ahí. Además, Fernando es un confeso fan de Gahan y compañía. De todas formas ni siquiera fue un show. Solo tres temas y a ver a Café Tacuba. Tacuba siempre toca lo mismo. Sin embargo, se las arreglan para que los shows sean memorables y si tocan en el marco de un festival es probable que sean unos de los puntos altos. De hecho este show de los mexicanos superó ampliamente al de los Pet Shop Boys, por ejemplo. Además es agradable poder verlos en un lugar sin sillas por una vez y ver a la gente descontrolando un poco. Tan irresistible es el show que la masa no se mueve aún sabiendo que el show de Depeche tal vez ya había comenzado. Así de fuerte es el magnetismo de estos muchachos. Pero lo que realmente importaba estaba por llegar. Quince años después, un par de discos más y algunas sobredosis a cuestas, Depeche Mode volvía. La banda que jamás siguió una moda; ellos eran los que las dictaban. Mientras muchos colegas generacionales se conforman tocando los hits en lugares chicos, ellos llenan estadios y siguen sacandos disco tan innovadores como inspirados. Con el tiempo se han vuelto más oscuros y experimentados. Tiene una carrera de casi 30 años, y siguen tan jóvenes como siempre. Y piénsenlo: casi 30 años sin puntos flojos (los desafío a que me digan un disco malo de la banda), y eso que han pasado por muchas cosas. No son ningunos nenes de pecho. “In chains” y “Wrong” dan el puntapié inicial. Sonido intachable y una puesta increíble que no distrae de lo que realmente importa: la música (Madonna y U2, teléfono). El show es una delicia para los sentidos. La perfección musical, el poder apreciar con claridad lo que se está interpretando, la voz de Gahan mejor que nunca. Uno no sabe con qué quedarse, aunque la mayoría de los ojos quedan puestos en el vocalista. Dave Gahan exuda sensualidad. La música lo sugiere, ya sea cantando temas conflictivos y profundos como “Walking in my shoes”, o el amor y el sexo según Depeche Mode (“It’s No Good). También esa es una de las características de la banda: las letras. Martin Gore tal vez sea unos de los mayores poetas contemporáneos. Alguien que escribe sobre los temas más sombríos de la vida. Relaciones, dominación, lujuria, amor, el bien, el mal, el pecado, la religión y la moralidad. Y que con esos temas pueden crear hits bailables que suenan en una discoteca; canciones nocturnas y la noche muestra toda la verdad, dicen. Los fans de Depeche son como los de Morrisey. Hablamos de los fanáticos de verdad, no de los escuchas casuales. En algún punto son gente socialmente incomprendida y las canciones de la banda son sus vidas, sus manifiestos. No cantan las canciones, las gritan, las lloran. No bailan, no hacen pogo. Exteriorizan todo el sufrimiento que tienen adentro; sus creencias, sus pensamientos, sus frustraciones. Todo al ritmo de una discoteca del submundo. Momentos memorables hay demasiados.“Enjoy the silence”, prácticamente cantada entera por el público. Momentos donde la música para las masas hacía temblar el lugar “A question of time” o “Never let me down again”. Martin Gore también tiene su momento. “Jezebel” (del último disco), “Somebody” y la exquisita “Home” al piano, solo con el acompañamiento de toda la gente. Una de las imágenes del año, sin dudas. Es paradójico que la música electrónica, para muchos un genero muy frío, transmita tantas emociones. Es que, claro, no son cinco personas con una bandeja haciendo girar un disco. Es una banda, una orquesta electrónica. Es adaptarse a los tiempos y aprovecharlo en beneficio propio y crear algo genial a partir de ellos. O crear su propia visión de diferentes géneros. “Personal Jesús” no es nada más que un típico blues pasado por mucha noche y anfetaminas y heroína y crisis. Y parece que mezclarlo con una base electrónica hace delirar a miles de personas. No hay mucho secreto. Pero lo hace gente talentosa, con visión y aunque pareciera algo bien sencillo, en realidad es más complicado de lo que parece. Sin dudas, uno de los shows del año, aumentado por el deseo acumulado de tantas personas que esperaron tantos años para ver y escuchar a la banda en vivo. Para el final, Dave Gahan dijo: “See you next time”. Ojalá cumpla con sus promesas. En el día de la lealtad peronista, Depeche Mode cumplió con el pueblo. Facundo Llano Redacción de El Acople FUENTE: El Acople |